El dormido de la montaña


Las leyendas y las historias de seres sobrenaturales abundan por estas tierras montañosas pegadas al litoral mediterráneo. Las grandes ciudades, más cercanas al mar, olvidan estas voces que cantan sentimientos de profunda tristeza, pero en algunos pueblos del interior todavía se pueden escuchar rondallas que, entre la ficción y la realidad, nos hablan de increibles bestias, espíritus y personajes que, no hace demasiado tiempo, aterraban a la población de campesinos y trabajadores de toda nuestra provincia.
Durante este invierno, y debido a mi poco interesante trabajo, tuve la oportunidad de visitar lugares recónditos que no venían señalados en ningún mapa, donde, en más de una ocasión me encontré con gente extraña que me hablaba en una jerga casi incomprensible y que mucho tenía que ver con el origen de estas historias.
De todas estas, la que más estupor me causó fue la que advertía sobre la existencia un ser llamado "el dormido" en las montañas del Maigmó, un terreno árduo, frío y, sin lugar a dudas, de lo más interesante.
Recuerdo la primera vez que escuche esta historia como si fuera ayer. Por aquel entonces me dedicaba a vender libros infantiles de pueblo en pueblo, buscando siempre algún iluso que comprara un producto de poca calidad a un precio desorbitado. Era un trabajo horrible, pero no más que mi ocupación actual. Después de que me dieran con la puerta en las narices en los colegios y guarderias del pueblo decidí probar suerte con el método tradicional de ir casa por casa a ver si alguien picaba. El resultado siguió siendo el mismo, pero en una de aquellas viviendas destartaladas del casco antiguo del pueblo me esperaba una sorpresa. Apenas golpee la puerta dispuesto a poner e práctica todas mis técnicas de persuasión cuando me abrió la puerta una vieja encorvada con el pelo recogido en un moño blanco como la nieve y unos ojos claros perdidos en algún lugar de mi camisa.
– ¿Walter? – me dijo.
– Perdón señora, ¿tiene usted nietos? -le dije sin escuchar.
– Walter, ¿eres tú?- me inquirió.
– No señora, mi nombre es Victor – le respondí desanimado.
La miré fijamente y entonces me di cuenta de que era ciega. No me quedaba ánimo para continuar con mi labor. Verder libros de mala calidad a una abuela ciega era demasiado, incluso para mí.
-¿Victor? No me suena. ¿Eres amigo de Walter? -prosiguió ella.
– No señora, no conozco a ningún Walter. Discúlpeme, no era mi intención molestarle.
– ¡Chico! -gritó- No te vayas. Ya que has llamado a mi puerta, entra y ayudame con unos trabajillos que no puedo hacer yo sola. Te pagaré.
No sé por qué no me di la vuelta y salí corriendo de aquel lugar. Tal vez fue la imagen de aquella mujer desvalida y sola, así como mi falta de dinero perpetuo. La verdad es que nunca he desaprovechado la oportudidad de hacer un gratificante trabajo con las manos, y si además ayudaba a una anciana, mucho mejor. A fin de cuentas, no soy tan malvado como aparento.
Entré en la casa, a oscuras, palpando las paredes para no tropezar con algún mueble o llevarme un golpe con algún tabique. Nos dirigimos a la cocina y ella comenzó darme instrucciones que seguí al pie de la letra. Después de varias horas haciendo tareas domésticas de todo tipo me invitó a un café y mientras sacaba su monedero comenzó a hablarme:
– Tienes la misma voz que mi hijo Walter. Es un buen chico, te habrías llevado muy bien con él.
– ¿Dónde está? -le pregunté con curiosidad.
– Lo tiene "el dormido". -dijo ella en voz baja
– ¿Cómo? -me sorprendí.
– Al noreste del pueblo hay una montaña enorme donde hace mucho tiempo vivía un hermitaño. Aquel hombre dedicaba su vida a orar y a hacer penitencia. Pocas veces se le veía por el pueblo. Sólo bajaba dos días antes de comenzar el invierno para aprovisionarse de libros y comida. En aquellos tiempos, sabíamos que se acercaba el frío cuando alguien veia al hermitaño por las calles del mercado o en la librería. Pero un año, el frío llegó y el hermitaño no había bajado a por las provisiones. Mucha gente le tenía en gran estima, por lo que, preocupados por su estado de salud, decidieron hacer una expedición para comprobar que el hombre estaba bien y para llevarle los alimentos que normalmente se subia todos los años a la montaña. De aquella expedición de 10 hombres solo regresó uno: mi marido que en paz descanse. Pero ya no era el mismo. Apareció al cabo de dos semanas moribundo y totalmente loco. Decía palabras extrañas y frases sin sentido que en aquel momento nadie sabía que significaban. Decía: "Un primigenio vive en la montaña" y "El dormido ha abierto la puerta". Pobre infeliz. Murió al cabo de dos años diciendo locuras, cuando mi Walter tenía tan sólo 3 años.
Continuará…

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