El dormido de la montaña (tercera parte)


 

Después de varios días comprendí que aquello que tenía entre las manos no era un simple compendio de sucesos comentados por una mente al borde de la locura.
Aquel álbum estaba repleto de recortes de diferentes periódicos que llegaban hasta el año 1986, y en todos ellos se hacían referencias a desapariciones misteriosas que a día de hoy aún estaban sin resolver. Unas cien personas, entre forasteros y habitantes de la población habían ido desapareciendo en aquellos parajes y nunca más se había sabido nada de ellos. En algunos diarios sensacionalistas lo llamaban "el valle de los desaparecidos". Incluso pude leer que algunos videntes y esotéricos en general habían ido al lugar en cuestión para hablar con los espíritus de los desaparecidos y llevarlos a la luz. Pamplinas de feriantes. Todo aquello me daba muy mala espina, y aunque no tenía nada que ver con ninguna de esas historias que pude leer, la curiosidad llenó las pocas ansias de aventura suicida que quedaban en mi corazón.
Así, decidí localizar al tal Charles para sonsacarle toda la información que tuviera sobre Walter, los desaparecidos, "el dormido" y la madre que los parió a todos. No me fue difícil encontrarlo. En aquel pueblo de casas ruinosas solo había tres familias con apellidos extranjeros: los Lovecraft, los Mcckoy, y los Ward, a quienes pertenecía éste. Su nombre completo era Charles Dexter Ward.
Tuve suerte, y encontré en la guía telefónica su número y su dirección, así que decidí plantarme directamente en la puerta de su casa para hacerle un interrogatorio al más puro estilo de los viejos tiempos. Sin embargo cuando toqué al timbre no apareció él, sino una chica joven, de unos veinte o veintidós años, con cara de pocos amigos y de muchos amantes… de pago.
-Hola -me dijo creyendo que era alguno de sus clientes.
-Buenos dias, estoy buscando al señor Charles Dexter Ward. -le dije intentando no mirarle a los ojos.
-Aquí no está. Hace tiempo que se fue. -masculló
-¿Y no sabrá usted donde podría encontrarlo? -le pregunté un poco decepcionado.
-Eso es fácil si sabes dónde está la cárcel.
-¿Cómo? -le inquirí.
-Allí está desde hace 6 años. – dijo mientras me daba un fuerte portazo en las narices.
En ese momento me quedé pensativo. Esta no iba a ser una búsqueda fácil. Podía dejar mi investigación de pacotilla en este punto y volver a mi vida absurda de vendedor de libros ambulante o continuar y enfrentarme a lo desconocido símplemente por la curiosidad que despertó en mí una vieja ciega. Pero, la cárcel era un lugar demasiado tentador para un gilipollas de las narices como yo. 

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