El dormido de la montaña (quinta parte)



Ahhh. Tiempo de relax. Ya sabes lo que eso significa. Un vaso de vino. Te sientas en tu sillón favorito y por supuesto un compac sonando en el estereo. Así que dale al tema, eso está bien. Tira tus zapatillas, pon tus pies en alto, disfruta de la melodia y lee estas líneas. Pero antes de todo esto, no olvides sacar tu bestia salvaje.

Mi coche estaba destrozado. Después de mi acto psudosuicida me encontraba en mitad de ninguna parte con una brecha en la cabeza y un montón de hierros retorcidos esparcidos en unos diez metros a la redonda. Sin duda alguna, estaba a punto de descubrir algo importante. Si no, no habrían intentado matarme. No tardó mucho en llegar la guardia civil y una ambulancia. Mi historia les extrañó y creyeron que estaba borracho, o drogado, pero por supuesto todas las pruebas dieron negativo y no me empapelaron. Me llevaron hasta mi casa con lo poco que pude sacar del maletero y con la advertencia de que a partir de ahora estaría vigilado, pero aquello no me preocupó en absoluto. Tenía la certeza de que algo grande se escondía tras aquella hilarante historia, y yo lo iba a descubrir tarde o temprano.

Me quedé dos dias encerrado en casa, intentando recomponer el puzzle que tenía entre manos. El album de recortes de Walter, la conversación con Charles, el intento de asesinato… todo me llevaba al siguiente punto del mapa: la casa de Howard Phillips Lovecraft, uno de los pocos supervivientes de las expediciones a la montaña. Pero no tenía coche, y mi sueldo no me daba precisamente como para alquilar uno, así que decidí llamar a una amiga que me debía un favor.

– Eres un cabronazo -me dijo nada más llegar- sólo me llamas cuando te interesa.

– Yo también me alegro mucho de verte, Vicky. -le contesté con una sonrisa mientras me acomodaba en su coche nuevo.

– Que sepas, que después de esto estaremos en paz, y como te vuelva a ver por mi pueblo contrataré a un tio empapado en crack para que te acaricie el hígado con un bate de beisbol.

El viaje fue corto pero intenso. Nos pasamos todo el trayecto discutiendo, pero en el fondo sabíamos que todo era de mentira. Vicky era una persona inteligente. Demasiado inteligente para el gusto de algunos, y ello a veces le acarreaba algunos problemas. La última vez que nos vimos había sido unos tres años atrás y fue porque uno de sus ex-amigos quería matarla porque había descubierto que él era piscifílico. No me pregunteis cómo lo hizo, pero lo descubrió y en una provincia tan pequeña como ésta tener una fijación sexual con los peces es casi como ser un pederasta. Aquella noche me llamó desesperada. Aquel maromo entró en su casa y la acorraló en el sótano. Yo llegué al cabo de media hora y tuve una pelea con aquel degenerado. Me dió de lo lindo, pero finalmente entre ella y yo, conseguimos reducirle a base de hostias no consagradas, lo envolvimos en una manta y lo tiramos desnudo con un cartel colgado al pecho que decía "odio a los moros y a los gitanos" en mitad del peor lugar que os podeis imaginar: el parque ansaldo. Al día siguiente el tío estaba en el hospital. A parte de la paliza que le habían dado le habían introducido varios palos astillados por el orto. Aquel tio ya sabía que con nosotros no se podía jugar de aquella manera. Este hecho, en cierta forma, nos unió bastante pero al cabo de unos días cada uno siguió su camino.

Pensando en estas cosas llegamos a la casa de Howard en aquel pueblucho aborrecible. Delante de la puerta había una señora mayor haciendo calceta, sentada en una silla antigua. Me acerqué a ella y le pregunté si podíamos ver al señor Howard, pero no dijo nada. Era como si estuviera sorda y muda, por lo que decidí entrar por mi cuenta y riesgo. Vicky prefirió esperar en el coche.

Cuando entré en aquella casa percibí un olor extraño, como a azufre, pero al mismo tiempo dulce y apetecible. Un largo pasillo se extendía hacia una estancia central que debía ser el salón, y dentro de él se encontraba el extravagante señor Howard Phillips Lovecraft. Un tipo peculiar después de todo. Me sonaba mucho su cara, y si he de seros sincero, había algo en él que me atraía (psicológicamente hablando, claro).

– ¿Howard? -le pregunté

– ¿Quién me llama? -dijo él con cierto aire decimonónico.

– Mi nombre es Victor, me gustaría hacerle unas preguntas.

– ¿Como ha entrado aquí? -me gritó

– Por la puerta – le contesté tranquilamente.

– Ah bueno, si es por la puerta entonces vale. Pero si hubieras entrado por la televisión… ya estarías muerto.

– Sí… eeeh. Disculpe. ¿Conocía usted a Walter Mcckoy y a Charles Dexter Ward?

Howard se levantó de su asiento. Su mirada estaba perdida en los límites de la locura. Miraba al vacío y al mismo tiempo estaba atento a cualquier movimiento que hubiera en la sala. De repente, saltó sobre una de las muchas estanterías que se sostenían en la pared y agarró una indefensa cucaracha.

– Pobrecita -decía mientras la acariciaba- estás sola en el mundo ¿verdad?. ¡Pues te jodes! -y se la metió en la boca para después masticarla lentamente y saborear el crujido de su órganos explotando en su garganta.

Yo estab repugnado, y en cierta forma fascinado. Conforme iba avanzando en la historia el rítmo de los acontecimientos variaba en función de la demencia de los personajes.

-¿Walter Mcckoy? -dijo mientras se limpiaba un líquido amarillo que se salía de las encías- Sí, claro. Fui a buscarle a la montaña, pero el muy imbécil no quiso venir conmigo.

– Asi que ¿Walter sigue vivo? -le pregunté.

Howard se acercó poco a poco a mí. Su aliento apestaba a cucaracha triturada y, la verdad su aspecto me daba ganas de vomitar. Se puso a escasos centímetro de mi oreja y me dijo: "está cantándole nanas al dormido para que no se despierte"

-¿Qué es eso del "dormido"? Nadie ha sabido decirmelo -le inquirí agresivamente como un acto reflejo para quitármelo de encima.

-"El dormido" es uno de los antiguos primigenios que habita en las montañas. En su morada habitan los más terribles demonios de la locura que te trasladan al tercer infierno de la demencia para apoderarse así de tu alma y tu agonía. Se alimentan de lós gritos de terror, del sufrimiento de todos los hombres. Cada vez que un niño llora, ellos disfrutan, cada vez que una persona sufre, ellos engordan. Tienen el poder de atrapar la mente de cualquier ser humano y exclavizarla para sus intereses. Se les conoce como Baroo.

En ese momento me sonó el movil. El tipo se asustó y de un salto salió de la habitación como alma que lleva el diablo. Me dejó con la palabra en la boca. Ya no podría sacarle nada más. Entonces miré el movil. Era Nuria.

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Un pensamiento en “El dormido de la montaña (quinta parte)

  1. Bufff, me he divertido mucho leyendo esta parte. Increíble. Y por supuesto me ha encantado ser personaje de una creación tuya. NO CAMBIES NUNCA.
    Gracias.

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