El dormido de la montaña (séptima parte)


Antes de llegar al pie de la montaña decidí parar en una pequeña tienda que había en una estrecha calle poco antes de abandonar el pueblo. En ella, un hombre bigotudo, calvo y sudoroso hacía las veces de tendero, vigilante y cotilla mayor del pueblo.

– ¿Qué desea? -me preguntó con un interés evidente en acabar cuanto antes nuestra transacción.

– Necesito provisiones. Voy a subir a la montaña. -le dije desafiante con una sonrisa diabólica.

El mostachón me miró de arriba a abajo con cara de incredulidad.

– Está usted de broma, ¿no? -replicó.

– ¿Tengo cara de bromear? -le dije inclinándome hacia el tendero inquieto.

– Desde luego que no. Tiene cara de suicida. Pero no llegará a ninguna parte vestido de esa forma y sin un guía que le conduzca por esos caminos. Va en busca del "dormido" ¿verdad? Sólo un loco le acompañaría.

– Y dígame, -le dije riéndome por el nerviosismo de la situación- ¿dónde podría encontrar a ese loco?.

El hombre comenzó a llenar bolsas de plástico con latas en conserva, carne sazonada, guantes, pasamontañas y algo que parecía un mono de trabajo.

– Lo tiene detrás de usted- dijo finalmente señalando a la puerta.

Giré la cabeza para ver la nueva sorpresa que me tenía preparado el destino y cagarme en mi puta suerte una vez más. En la puerta, apoyado como un cowboy de medio pelo, estaba Howard esperándome con su traje decimonónico de terciopelo y fumando uno de sus asquerosos puros.

– ¿Me has seguido? -le pregunté extrañado.

– Claro. Usted me necesita, y estoy harto de hablar con una vieja que no me oye. Cuando era pequeño, mi padre me llevó a un desfile en la ciudad y me dijo que algún día yo sería el salvador de los caídos, que para mi causa me enviaría a un fantasma que me guiaría para alcanzar la victoria. Siempre pensé que estaba como un cencerro, pero cuando usted entró en mi casa, supe que usted era ese fantasma.

No miré al tendero bigotón, pero supe que estaba poniendo la misma cara de gilipollas que yo tenía en aquel momento. Sin embargo, me enternecieron las palabras de Howard, y realmente, era la persona más adecuada para acompañarme a una muerte casi segura como la que me aguardaba en lo alto de la montaña, ya que él era uno de los pocos que habían vuelto con vida.

– De acuerdo, señor Lovecraft. Usted paga la cuenta y nos vamos en busca del "dormido de la montaña".

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