Frío y seco


 

Hay días en los que es inevitable sentirse frío y seco, en los que la humedad es inexistente en tus huesos y te preguntas si tal vez arrancándote la piel te sentirías mejor. Me sienta bien destruir mi piel y mis sueños. Me hace entrar en calor. Tal vez coger la carretera y correr muchos kilómetros en cualquier dirección sea la solución. Tal vez sea solo que estoy harto de mirar a mi alrededor y ver sólo desidia. Tal vez el problema no soy yo.
Desde esta distancia veo dos corazones que se alejan cada vez más. Dos corazones que cada vez que hablan intentan tocarse pero hay tantas y tantas ruinas en su entorno que les es imposible. Veo dos corazones que han desistido en su lucha contra el destino. A veces también veo fantasmas en mis sueños. Fantasmas que me hablan sin que pueda escucharlos, que se acuestan en mi cama y me torturan mordiéndome todo el cuerpo. Fantasmas secos y fríos que quieren el poco calor que guardo en mi recuerdo. Fantasmas que quieren que me vaya con ellos. Y justo en el quicio de la ventana, uno de los corazones me grita que no lo haga, que me están engañando con falsas promesas de prosperidad y alegría, que el mundo está lleno de fantasmas que necesitan calor humano y muerden la piel de cualquiera para quedárselo. Pero el cielo está despejado desde esta ventana. No creo que un fantasma quiera nada malo. Sólo quieren compañía para pasar la eternidad, como muchos vivos. Salto. Me voy con los fantasmas de mis sueños, y entonces me doy cuenta que me he convertido en uno de ellos. Estoy frío y seco, y en mi cabeza ya no hay ideas, ni emociones, sólo una terrible ansia por morder la piel de los demás y conseguir su calor, su húmedo calor corporal. Camino por las calles como un autómata, hablo con los demás como el burdo inepto que soy, y sólo hay tristeza en lo antes era un corazón humano. Un día como cualquier otro, me meto en internet, y por abulia, comienzo a investigar los destinos de otros a los que intenté robar su calor, y me doy cuenta de que han conseguido renacer a pesar de haber estado tan muertos como yo.
Aquellos corazones que se alejaban vienen a mi alicaído recuerdo, que entre neblina mortecina borra todo lo que fue una vez mi vida, y me doy cuenta que tal vez la clave estaba en ellos. Que se alejaron porque nunca pudieron acercarse, y que tal vez, sólo tal vez, mi destino hubiera cambiado si no los hubiera juntado nunca, o simplemente unirlos para siempre. La tortura del recuerdo es la posibilidad. El dolor de lo pasado reside en la necedad de tal vez.
Y ahora que tengo pleno conocimiento de que soy un espíritu errante derrengado y descorazonado, procuro alimentarme de calor etílico para evitar caer en la tentación de morder a otra piel en busca del calor húmedo, porque yo sigo frío y seco.
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