La historia del malvado Bencerbero


 

Cuando te falla el trabajo, lo mejor que puedes hacer es reciclarte. Es necesario cambiar tus costumbres, tu mentalidad e incluso tu forma de ser, para así, dar un paso más en la escalera de tu vida y evolucionar hacia lo que serás una vez que llegues al mullido ataúd que marque el fin de tus días.
Lo fascinante del reciclaje de personalidad y hábitos, es que nunca sabes por dónde irá tu camino cuando comienzas a caminar. Es posible que un niño malcriado que siempre consigue lo que quiere a base de pataletas, se transforme en un pijo redomado pero trabajador con pocas esperanzas en un futuro pero con una vida lo suficientemente satisfactoria como para poder aguantar varios años sin tirarse a las vías del tren. Esto me recuerda la historia de un pequeño personaje llamado Bencerbero, que conocí no hace mucho tiempo en mis viajes por las inexploradas tierras de San Pascual, un pueblecillo perdido entre los límites de Murcia, Alicante y Albacete. En aquel pueblecito de apenas unos 200 habitantes había una tradición anual que consistía en hacer una batalla de cohetes entre las dos iglesias que coronaban la población. Los devotos de la Virgen del Pestillo(no me preguntéis por qué se llamaba así) se liaban a tirar petardos contra la iglesia del Santísimo Cristo del Desamparado Sufrimiento(cuya denominación hacía honor a la escultura de un Cristo en plena pasión sangrante y dolorosa) y estos a su vez les respondían con otro enjambre de fuegos artificiales que peligrosamente cruzaban el pueblo en busca de los fervientes marianistas. Lo peor de todo es que este tipo de actos los hacían a pleno día y les daba lo mismo quién estuviera en ese momento por las calles. La ferocidad de la batalla era tal que la policía no se atrevía a intervenir, y los bomberos prácticamente se limitaban a esperar a las afueras del pueblo hasta que todo hubiera pasado y apagar los pequeños focos que se hubieran formado en algunos maltrechos tejados.
Aquella mañana la editorial para la que trabajaba me había enviado justo a ese punto sin avisarme de lo que me iba a encontrar. Imaginaos mi sorpresa cuando entré por la carretera principal de San Pascual. No había nadie por las calles excepto un joven transeúnte con un sombrero marrón que iba cargado con una mochila. Desde hacía varios kilómetros el GPS me había comenzado a fallar y para poder llegar a mi destino(un colegio local) decidí acercarme a aquel misterioso caminante para preguntar.
-Disculpe -le dije desde la ventanilla de mi coche.
El hombre me miró como quien mira uno de esos cuadros abstractos en los que aparece una imagen en 3D y al cabo de medio minuto contestó.
-¿Qué quiere? -dijo un tanto nervioso.
-¿Me podría decir cómo se llega al colegio?
-Será mejor que no vaya. Hoy no hay escuela -me contestó recolocándose el sombrero.
En ese momento vi una chispa inquietante en sus oscuros ojos. Había un timbre especial en la frase "será mejor que no vaya" que me intrigó así que no me di por vencido. A fin de cuentas, tenía que darle una explicación a mi jefe de por qué no iba a vender un puñetero libro ese día, y cuantas más excusas, mejor.
-¿Qué ocurre hoy que no hay nadie por la calle? -le pregunté, pero justo antes de obtener una respuesta, sonó una explosión al otro lado del pueblo, a unos 2 kilómetros de mi posición.
-Ya ha comenzado. Le recomiendo que salga corriendo de aquí o se quedará sin coche- dijo riéndose.
En ese momento aceleré todo lo que pude para salir de aquel lugar, pero una lluvia de cohetes comenzó a asomar por encima de mi cabeza. La batalla había comenzado. Estaba muerto de miedo, no sabía qué estaba pasando pero todo auguraba que yo iba a salir mal parado. Sin embargo en aquel momento me sonrió la suerte. A tan sólo unos metros había una casa con lo que parecía el portón de un garage abierto y un abuelo con cayado incluido me hacía señas para que me resguardara allí. Metí mi coche allí y entablé conversación con aquel hombre. Se llamaba Bencerbero y se jactaba de ser uno de los que iniciaron aquella rocambolesca tradición de la batalla de cohetes. También me dijo que le habían diagnosticado cáncer terminal y que le habían dado unos meses de vida, pero que había vivido plenamente y que como punto final a su vida iba a acabar con esa tradición.
Entonces, el chico del sombrero con el que antes me había encontrado entró en la casa y se presentó. Era el nieto de Bencerbero, Beltenebrio(la verdad es que he oido nombres raros en mi vida, pero lo de estos dos personajillos me dejó un poco bocabadado)uno de los mejores pirotécnicos del pueblo, aunque en realidad su profesión no era otra que mecánico de maquinaria agrícola.
-Abuelo, ya lo tengo todo preparado- dijo Beltenebrio abriendo su mochila para mostrar la superdestructiva carga explosiva que había en su interior. No pude ver muy bien, porque en seguida la cerró, pero creo que vi las palabras TNT, C3H5(NO3)3(Nitroglicerina, para los no doctos) y Goma 2. Qué quereis que os diga, tengo una gran retentiva visual.
-Muy bien, nene. Cárgamela al lomo- le ordenó Bencerbero mientras se encendía un puro.
Un sudor frío empezó a recorrerme la espalda. No por lo que fuera a hacer aquel hombre con toda esa carga explosiva, sino porque estaba fumando al lado de algo que podía hacernos desaparecer en tan sólo unos segundos. El hombre debió observar mi cara de semiinsconciente por la estrafalaria situación y con semblante amable me dijo: "Cómo se nota que usted es de ciudad. Nosotros con esto, matamos a los topillos del campo. No se apure, que no le va a pasar nada. Ha sido un placer" y con paso de cowboy con bastón salió del garage y se fue en dirección a la que parecía la iglesia más grande(la del Santísimo Cristo). En ese momento miré a Beltenebrio que con una sonrisa maligna miraba la estela que dejaba su abuelo por el camino.
-Esto va a petar de lo lindo-dijo sin dejar de mirar a su abuelo.
Me pudo el miedo y sin pensar en los daños que pudiera sufrir mi coche por la lluvia de cohetes, salí de aquel pueblo a toda velocidad sin mirar ni un solo segundo por el retrovisor, hasta que, cuando ya me había alejado unos 15 kilómetros del lugar, oí una fuerte explosión seguida de un impacto en la parte trasera del vehículo, como consecuencia de la onda expansiva. Me temblaba todo el cuerpo. Incluso creo que me meé encima, pero salí de aquel lugar antes de la gran ecatombe que convirtió a San Pascual en lo que ahora se conoce como El barranco de Bencerbero.
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